DORADA CON LA PIEL CRUJIENTE, RIASE LA GENTE

26 Sep

Llueve en Sevilla. Llueve y el Alcázar, tras un caluroso verano sembrado de mañanas que huelen a romero y mágicas noches perfumadas por jazmines y azaleas, va trasformando lentamente su paisaje, con la llegada del otoño.

Cuantas tardes he paseado por tus jardines, sintiendo bajo mis pies llenos de albero, el peso de los siglos…, el paso de la historia que respira, no solo en cada piedra , en cada escalón y cada muro. También en la vegetación, que sacia las miradas de los que buscan la belleza en un paisaje, haciendo de ti un cuadro viviente.

El Alcázar posee una variada y rica flora que adorna y acompaña, suaviza y entibia la frialdad de sus muros.

Castaños de Indias, nogales americanos, pinos canarios, hayas, encinas, perfumados cedros, árboles exóticos como el ave del paraíso y otros con nombres tan románticos, como el lugar donde descansan y se alimentan sus viejas raíces: árbol del cielo y árbol del amor.

Setos con formas geométricas salpicados de fuentes, discurren junto a una romántica galería, la Galería de Grutescos del siglo XVII. Única fuera de Italia, país de origen de estas construcciones.

Y sus jardines, mudos testigos de tantas historias que se han forjado a través de los siglos, dando paso a realidades lejanas y a eternas leyendas.

El jardín de Alcoba o de Carlos V :

Granados, azufaifos, palmitos y vides de adorno.

El jardín de las Damas:

Laurel, palmito, papiro de Egipto, y melocotoneros que en primavera son un espectáculo con sus flores rosas.

El jardín Inglés, que és de principios del siglo XX  y ocupa parte de la antigua Huerta de la Alcoba:

Grandes parcelas de césped separadas por caminos de albero con especies  traídas a principios del siglo pasado de los Sitios Reales de Madrid.

El jardín del laberinto antiguo:

Mandarinos, naranjos, fresnos, limas, jazmín azul, magnólias….

EL JARDÍN INGLÉS

Hace algunos años, en una deliciosa tarde de otoño, estaba leyendo un libro de Mena sobre tradiciones y leyendas Sevillanas. Sentada en un banco del jardín inglés, revivía en mi imaginación una vieja leyenda. Una de las muchas que forman parte de la apasionante historia de esta antigua fortaleza, la más antigua del mundo en seguir cumpliendo la función de acoger a un monarca, desde que se comenzó a construir en el siglo X  por Abd al-Rahman III.

La historia nos lleva a la Edad Media tardía en 1.358, y es llamada por algunos escritores, “la leyenda de la Sala de los Azulejos”.

No quiero extenderme en la vida de Don Pedro I, llamado por muchos, “el cruel” y por sus seguidores, contradictoriamente “el justiciero”. Tal rey, que vivió muchos años en el palacio y su hermano bastardo, el apuesto Don Fadrique, Maestre de la Orden de Santiago, son los protagonistas de esta historia.

PATIO DE LA MONTERIA

Llamado por su hermano el rey Don Pedro, llegó el maestre Don Fadrique al Patio de la Montería, y junto con los caballeros que le acompañaban, bajó de su caballo y fue a reverenciar al rey. Le besó la mano y a continuación pasó con todo su lucido acompañamiento a visitar a doña María de Padilla(amante y favorita del rey) y cumplimentarla también.

Doña María de Padilla sabía el plan que se había urdido contra el Maestre, a quien apreciaba, y cuando lo vio, su cara no pudo evitar reflejar el pesar que le producía y rompió a llorar junto a sus hijas.

Intuyendo el peligro, al ver las caras de angustia de María y de sus sobrinas, el Maestre se despidió precipitadamente, y se dirigió presto junto a su séquito hacia el Patio de la Montería.

Sin embargo, cuando se disponía a marchar, recibió un recado de que volviera a la presencia del rey. Turbado por siniestros presagios, aunque no atemorizado porque no era un hombre cobarde, el Maestre abandonó su caballo, dejando las riendas a un criado y volvió al Alcázar con su acompañamiento.

Pero al ir a entrar, los centinelas retuvieron a los escuderos en el patio, dejando pasar solamente con Don Fadrique, al Maestre de Calatrava y a los dos comendadores. Los cuatro pasaron a la antecámara del rey, en la que estaban de guardia tres ballesteros y el siniestro Juan Diente, de fama terrible, porque era el que siempre ejecutaba las muertes que ordenaba el rey.

SALA DEL PALACIO DEL REY DON PEDRO

La antecámara era una sala grande, con sólo dos puertas, la que daba a la galería y la que comunicaba con los aposentos del rey. Esta puerta grande y recia, tenía un pequeño ventanillo o mirilla, cuya puerta estaba cerrada. Y al entrar los cuatro en la antecámara, los centinelas que había fuera, cerraron también la puerta de la galería. Los cuatro nobles quedaron en suspense, sin mediar palabra y esperando cada uno de ellos el peor de los destinos, pues ninguno estaba informado y sólo habían podido sospechar una terrible amenaza reflejada en las lágrimas de María de Padilla.

Pasado un largo rato en total silencio, se abrió la mirilla de la puerta del aposento del rey, y se oyó la voz de don Pedro que ordenó :

Ballesteros, matad al Maestre.

Se mudó el color en el rostro de ambos, don Fadrique, el de Santiago, y don Diego García, el de Calatrava, pues cada uno pensaba que era él quien había de morir.

El ballestero Juan Diente, dirigiéndose al ventanillo preguntó:

Señor, ¿ a cuál Maestre mataré ?

Y la voz del rey se volvió a oir, a través de la rejilla:

Matad al Maestre de Santiago.

Al oir estas palabras, don Fadrique intentó escapar, empujando la puerta de la galería, pero la halló fuertemente cerrada. Se revolvió y dando saltos de un lado a otro, de pared a pared, pretendía librarse de los golpes que le daban con sus mazas los ballesteros, mientras desesperadamente intentaba sacar su puñal, pero para su desgracia, éste estaba trabado en su cinta.

Por fin en una de sus embestidas contra la puerta de la antecámara, consiguió forzarla y escapó perseguido por los ballesteros para refugiarse en la Sala de los Azulejos, en donde Juan Diente le dió alcance, golpeándole la cabeza con su maza y derribándolo al suelo de mármol.

Llegó después el rey, y viendo que su hermano se retorcía en el suelo entre horribles sufrimientos, sacó su puñal y se lo alargó al ballestero para que hiciera misericordia y le evitara más padecimientos.

Y así murió el apuesto Maestre, sin poder sacar su espada para defenderse de la traición de su hermano el rey.

Cuando vayáis al Alcázar y visitéis El Salón de los Azulejos, mirad su suelo de mármol, que al estar sin pulir en la época en que ocurrieron los hechos, ha conservado la mancha de sangre, que oscurecida por el paso de los siglos…, permanece hasta nuestros días como la huella de una terrible venganza.

Dorada con puré de apionabo, al aceite de hierbas.



Ingredientes para 2 personas:

  • 1 dorada grande en dos partes
  • salsa ajilimójili
  • 1/2 apio-nabo
  • 1 patata grande nueva
  • Un chorro de leche evaporada
  • Una nuez de mantequilla
  • 6 zanahorias pequeñas
  • Aceite de hierbas

Preparación:

Hacemos con antelacion el ajilimójili y el aceite de hierbas para lo cual necesitamos:

Ajilimójili, también llamado ajilimoje:

2 dientes de ajo

3 cucharadas de zumo de limón ( yo he puesto lima )

1 taza de aceite de oliva virgen

1 pellizco de sal

1 jalapeño (si te gusta picante, yo he puesto 1 guindilla sin semillas)

Batimos todos los ingredientes y lo dejamos reposar en el frío 24 horas.

Hay muchas clases de ajilimójili, tantas como personas y países que lo realizan, por ejemplo se pueden poner pimientos rojos, perejil o cilantro, etc.

Para el aceite de hierbas:

1/2 litro de aceite de oliva

1 rama de romero

1 rama de tomillo

1 cucharada de orégano

2 cucharadas de perejil o cilantro picados.

Lavar, secar y picar las hierbas y ponerlas en el aceite que las cubra .

Dejar macerar como mínimo 24 horas.

Se pueden poner las hierbas que nos gusten y también un diente de ajo si queremos.

Preparación de la receta:

Cortamos el apionabo en trozos pequeños y lo ponemos a cocer en agua con sal, cuando lleve unos 10 minutos, incorporamos la patata nueva cortada en rodajas finas y dejamos cocer hasta que esté tierno el conjunto.

En otra cacerola, cocemos las zanahorias cuidando que no queden blandas,sino más bien al dente.

Pasamos el apionabo y la patata por el pasapurés  y añadimos estando aún caliente, la nuez de mantequilla y un chorrito de leche evaporada. Rectificamos de sal y mantenemos templado.

Ponemos una sartén al fuego y cuando esté bien caliente asamos la dorada con un poco de aceite, por el lado de la piel. Le damos la vuelta y ponemos dos cucharadas de ajilimójili y la tenemos el tiempo suficiente para que, sin estar cruda, conserve su jugosidad. Un truco es coger una lasca entre los dedos y si sale con facilidad, está en su punto.

Ponemos en el centro del plato un aro y echamos unas cucharadas de puré caliente. Quitamos el aro y en una esquina ponemos la media dorada por el lado de la piel, regamos con el aceite de hierbas y añadimos las zanahorias como guarnición.

La semana pasada celebramos el cumpleaños de mi hija María.

Todo a excepción de los gusanitos y las patatas chips, lo preparé yo.

Las tartas se hacen un día antes y los sabores quedan más homogéneos, lo que además te permite tener más tiempo el día de la celebración para hacer los sandwiches, las empanadas y preparar todos los adornos etc.

Las empanadas las hice de hojaldre, una grande y otra más pequeña. Están rellenas de una farsa de bechamel espesa con jamón york y queso emmental, y la otra de carne picada .

Las empanadillas pequeñitas son de la cocinera. En vez de freírlas las he dorado en el horno y el relleno es de queso de cabra y espinacas. La otra mitad es de bechamel de york y queso.

Las tartas son de trufa y nata, con cobertura de chocolate negro, la grande. Y la pequeña de mermelada de fresa y chocolate, con adornos de gominolas.

Parece mucho trabajo, no voy a negar que necesitas unas horas, pero con ayuda puede convertirse en una”tarde distraída”. Además, en tiempos de crisis y con el cariño que se hace, el mayor premio es el beso gigante que te da tu hijo.

¿Os animais?.

Un abrazo para todos los que me seguís a diario.

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