MASA FILO CON MANZANA Y CANELA…, ¡TELA!

19 Nov

Hoy os voy a contar una historia en la que ocupa un lugar de honor una gran reina, una de las grandes mujeres que tuvo el Antiguo Egipto…, la Reina IAH-HOTEP II.

Conocida por muchos como Ahhotep (el dios luna está en paz), fue madre de los reyes Ahmosis y Kamosis, y la esposa de Se-ken-en-ra Tao II, (el que ve aumentado su valor por la luz divina) príncipe de Tebas y descendiente del último faraón egipcio, encarnación de Horus e hijo del sol.

Nuestra historia se sitúa a finales de la XVII dinastía (unos 1.550 años antes de Cristo), cuando Egipto llevaba más de doscientos años bajo el dominio de los “hicsos”, (la mayoría cananeos procedentes de Siria y Palestina).

Gracias al “papiro Sallier I”, (que es el cuaderno de ejercicios de un estudiante del Imperio Nuevo), conocemos el motivo de la disputa entre Se-Ken-en-Ra Tao, príncipe de Tebas, y Apofis III (Apopi), el rey de los hicsos, que reinaba en Avaris, la capital enemiga situada en el Delta.

El enfrentamiento comenzó al parecer, porque el rey Apofis había enviado un mensaje al príncipe tebano ordenándole que vaciara el estanque donde tenía sus hipopótamos, porque los bramidos de esos animales no le dejaban conciliar el sueño, (había cientos de Kilómetros de distancia, entre el dormitorio del rey hicso y el estanque del principe tebano).

Avaris en el Bajo Egipto, debajo de Tanis. Tebas en el Alto Egipto.

El mensaje era una clara provocación del asiático, quien buscaba una excusa para provocar la guerra con Tebas, y completar su conquista de Egipto, ya que para él era inaceptable y “peligroso” que un solo reino diera lugar a dos encarnaciones de la divinidad. (los hicsos adoptaron la religión egipcia y su rey se consideraba una encarnación divina igual que los anteriores faraones egipcios).

El rey tebano se sintió ofendido y gravemente humillado pero despidió al heraldo colmándole con toda clase de regalos para su rey, en señal de sumisión.

Tras la partida del mensajero, Se-Ken-en-Ra reunió a sus consejeros, pero desgraciadamente desconocemos lo que se habló en esa decisiva reunión, porque el papiro Sallier I se interrumpe en este punto debido al mal estado del frágil documento.

Lo que sí se sabe con certeza es que el rey se lanzó al combate contra sus odiados enemigos, llegó con sus tropas cerca de Cusae, (zona controlada por los hicsos), y que murió a consecuencia de las graves heridas recibidas en el transcurso de una terrible batalla.

Su momia que se encuentra en el Museo del Cairo, muestra terribles secuelas dejadas por armas de guerra, está acribillada a lanzadas y golpes de hacha. Según un estudio de Bietak y Strouhal, una de las cinco heridas mortales que muestra la momia, tiene la forma de una cabeza de hacha sirio-palestina de uso corriente en el Delta, en aquella época. También es muy posible que en los estudios forenses se hayan hallado restos de bronce en las heridas ( En aquella época los hicsos utilizaban armas de bronce y los egipcios de cobre).

Ahhotep, perdió a su esposo que fue sucedido en el trono por su hijo Ka-Mose, (Kamosis). A pesar del dolor inicial, se sobrepuso con coraje y alentó a su hijo a continuar la cruzada que había iniciado el rey.

Kamosis, protagoniza la 2ª etapa de la contienda, conocida gracias a dos estelas paralelas que el soberano hizo erigir en Tebas y que se han conservado.

Las palabras que el propio Kamosis dirige a sus cortesanos al comienzo de la 1ª estela, (cuyo texto se conserva en una “copia de escriba”, llamada Tablilla Carnarvon) son: “Quisiera saber para que sirve mi fuerza cuando hay un príncipe en Avaris y otro en Kush, y yo estoy aquí sentado unido a un asiático y a un nubio, cada persona controlando su porción de Egipto y dividiendo la tierra…, yo no lo voy a tolerar. Mi deseo es rescatar a Egipto y expulsar a los asiáticos”.

Para continuar la tarea emprendida por su padre, Kamosis tuvo que convencer, ayudado por la reina madre Ahhotep, a los nobles y nomarcas, pues éstos temían las consecuencias de una provocación.

Las victorias que consiguió en el campo de batalla lo condujeron hasta las puertas de las murallas de Avaris, que sin embargo no logró conquistar por la amenaza del rey de Nubia que se había aliado con Apofis sobre la retaguardia tebana.

Habiendo sufrido serias bajas en su ejército y con las fuerzas menguadas tras duras campañas, tuvo que volver a Tebas. A pesar de la situación de sus tropas, durante su regreso conquistó los circuitos caravaneros del desierto, auténticos ejes de comunicación entre el Norte y Nubia.

De vuelta a Tebas hizo tallar sus hazañas, (que fueron muchas y no tan reconocidas como debieran), en la estela que se erigió en el Templo de Amón.

Existen pocos datos del final de Kamosis, la fecha más alta que se conoce de su reinado, es el año tres. De su muerte poco o nada se sabe, aunque la forma de su sarcófago, demasiado pobre para albergar los restos de nuestro gran héroe, parece indicar que pudo haber muerto de forma inesperada en el campo de batalla y lejos de su residencia habitual. También se habla de un posible fallecimiento por la terrible peste que asoló Avaris y de la que pudo haber quedado contagiado.

Sea como fuere, Kamosis retomó la bandera de la libertad agitada por su padre y comenzó el difícil camino de reunir las dos Tierras.

Muertos su esposo y su hijo, y con un futuro rey a su cargo, que contaba entonces con sólo cinco años de edad, la “Gran Esposa Real” Ahhotep se puso al frente de la monarquía tebana, dispuesta a continuar la difícil empresa que tenía encomendada.

La reina madre, asumió el poder en Egipto en nombre de su hijo Ahmosis. Tomó las riendas del gobierno con firmeza y autoridad. Era un momento de suma gravedad y de su buen hacer dependía el resultado final de la guerra que habían iniciado su esposo y su hijo Kamosis.

La muerte prematura de Kamosis y la minoría de edad de Ahmosis debieron plantear un nuevo desequilibrio de poder en Egipto. El reino de Tebas estaba dividido entre los nobles partidarios a los planes de la monarquía, y los que querían seguir disfrutando de las ventajas económicas fruto de sus relaciones comerciales con el Delta. La reina, enfrentándose a todos estos problemas supo ganarse a la clase dirigente y controlar la voluntad del país.

Fue actuando con firmeza e inteligencia, recuperando a todos aquellos que aún habiendo huido por temor a represalias, compartían el deseo de expulsar al odiado enemigo hicso. Al mismo tiempo, como un auténtico soberano, logró convencer  a los reticentes, y castigó severamente a un grupo de nobles, que conspirando a sus espaldas pretendían quitarla del trono.

Entre los años 15 y 22 del reinado de Ahmosis se reanudó la guerra contra los invasores hicsos, que concluiría con su expulsión tras la conquista de Avaris. El relato de la toma de esta ciudad y de la campaña del rey Ahmosis, se encuentra en la tumba de Ahmes hijo de Abana, un valiente oficial que sirvió al rey.

Tras la expulsión de los hicsos, Ahmosis continuó haciendo varias campañas en Asia y luego en Nubia, lo que obligó a su madre a tomar de nuevo las riendas del gobierno, ejerciendo el papel de un monarca, dentro y fuera del país, en nombre de su hijo.

Después de conquistar la ciudad hicsa de Sharuhen, en Palestina, Ahmosis partió hacia el lejano sur de Egipto, a fin de enfrentarse a las tribus nubias. Ahhotep se encargó entonces, en su nombre, de organizar la presencia egipcia en la zona de Siria que había sido arrebatada a los hicsos derrotados. Es muy probable que Ahhotep llegase incluso a ser “comandante militar de las tropas egipcias”, dirigiéndolas personalmente para hacer frente a los rebeldes y dominar su insurrección.

Tras sus conquistas, Ahmosis “Aquel que por fin pudo liberar a Egipto del yugo de los perversos hicsos ” (sin olvidar a su padre, su madre y su hermano) hizo erigir en Karnac una estela resaltando los méritos de su madre, como mujer valiente y ejemplar, gracias a la que se había mantenido el orden y continuado la dinastía.

La inscripción dice así: “Ahhotep cuidó y protegió a los soldados de Egipto. Hizo volver a los fugitivos y congregó a los disidentes en torno a ella. Pacificó el Alto Egipto y expulsó a los rebeldes”.

Ahhotep debió fallecer anciana y respetada por un pueblo, que tras largos años de ocupación, por fin había sido unificado y disfrutaba ya de una merecida paz.

Cuando la tumba de Ahhotep fue descubierta, figuraban entre su ajuar funerario los atributos habituales de un jefe militar egipcio: hachas (3 de oro y 3 de plata), puñales, un pectoral de oro y esmaltes, varios brazaletes…, y el famoso collar de las tres moscas de oro, distintivo de alta graduación militar que sólo era concedido por el rey a aquellos que habían demostrado un valor sin igual en el combate.

Hace unos años, durante una tranquila visita al Museo de Arte Antiguo de Luxor, una amiga me llamó emocionada; ven, me dijo, mira lo que hay en esta vitrina. Fui hacia allí y…, ¡no me lo podía creer!, ¡allí estaba el collar de las tres moscas de oro de Ahhotep!.

Nota del autor: Para quien haya quedado “enganchado” con la historia, recomiendo la trilogía, Señores de las dos Tierras de Pauline Gedge, y el libro de Teresa Bedman: Reinas de Egipto, el secreto del poder.

Pasteles variados de masa filo


Ingredientes:

  • 8 o 10 hojas de masa filo
  • 2 manzanas grandes
  • 2 peras grandes
  • 200 gramos de chocolate de cobertura
  • 200 gramos de azúcar
  • 1 cucharada de postre de canela en polvo
  • 1 sobre de pastel de yogur “royal”
  • Un puñado de arándanos secos
  • Mermelada de naranja
  • Un chorrito de leche condensada
  • Un chorrito de miel
  • 300 gramos de mantequilla clarificada
  • Un puñado de sésamo sin tostar
  • Un puñado de almendras fileteadas

Preparación:

Lo primero que vamos a hacer es clarificar la mantequilla, en el próximo blog explicaremos con imágenes, y paso a paso el proceso de clarificación, hoy lo voy a explicar de forma más rápida por falta de tiempo. La mantequilla se clarifica para sacar sus impurezas y evitar por tanto que se quemen y ennegrezcan, confiriendo mal sabor a algunas recetas.

Ponemos los 300 gramos de mantequilla sin sal en un cazo de doble fondo a fuego suave, (en el 3 de la vitrocerámica) sin tocarla. Esperamos que suba a la superfície una espuma blanca que la cubre por completo y vamos retirando con la ayuda de una espumadera con cuidado de no mezclar con la mantequilla que hay debajo. Una vez retirada la mayor parte de espuma, volcamos el cazo con cuidado y observaremos en la parte de abajo, una crema blancuzca, (esa crema debe quedarse abajo y no caer al nuevo recipiente). Ponemos un recipiente limpio y vamos vertiendo el contenido, con cuidado de no volcar mucho el cazo para que no caiga la parte blanca del fondo del mismo.

Preparamos ahora el relleno de los pastelitos.

Cortamos las peras en trozos pequeños y las ponemos en un bol tapado con film transparente al que practicamos varios agujeros. Metemos al microondas a máxima potencia, durante 20 o 30 segundos, sacamos y retiramos el film, con cuidado de no quemarnos con el vapor.

Hacemos lo mismo con las manzanas, pero esta vez las espolvoreamos con la canela, un poco de azúcar y una cucharada de mantequilla sin clarificar, antes de tapar con el film. Las manzanas deben estar el doble de tiempo en el microondas, un minuto aproximadamente o hasta que estén blanditas.

Derretimos la cobertura en el microondas con una cucharada de agua y reservamos en un lugar templado para evitar que se enfríe y se endurezca.

Mezclamos medio sobre del pastel de yogur royal, (guardando la otra mitad para otra ocasión) con las 3/4 partes de un vaso de leche fresca, y batimos. Mezclamos la crema obtenida con un puñado de arándanos secos y un chorrito de leche condensada o miel, dando el punto de dulzor que más te guste.

Una vez que tenemos el relleno de los pasteles procedemos paso a paso a hacer los triángulos de masa filo.

Debemos tener un trapo de cocina limpio y siempre húmedo para cubrir las hojas de masa, porque al ser tan finas se secan con facilidad.

La mantequilla clarificada debe estar líquida, si se ha solidificado por el frío, debemos de dar un golpe de microondas de 20 segundos para que vuelva a estar líquida de nuevo.

Extendemos con cuidado la primera hoja de masa filo y la pintamos con mantequilla clarificada, lo más rápido posible, con ayuda de un pincel. La primera hoja es la que más cuesta porque al ser tan fina se puede romper, pero a medida que le añadimos más hojas, resulta mucho más sencillo.

Cogemos la segunda hoja (sin olvidar nunca de tapar el resto con un trapo bien húmedo) y la colocamos con cuidado sobre la anterior, extendiéndola bién para dejar el menor número de arrugas posible, y la pintamos con mantequilla como hemos hecho con la anterior. Ponemos las capas que creamos conveniente, en este postre yo he puesto sólo dos capas porque las hojas no eran demasiado finas, hay otras marcas que la tienen más delgadas todavía, en ese caso hubiera puesto tres capas de hojas.

Cortamos tres rectángulos del mismo ancho, haciendo tres cortes en sentido vertical, asegurándonos que hemos atravesado las dos hojas superpuestas de masa. Nos sobrará una tira que podemos aprovechar para hacer un minipastelito, o un rulo como he hecho yo. Una vez hechos los cortes con un cuchillo afilado, procedemos a rellenar y formar el triángulo de la siguiente manera:

Ponemos el relleno en el borde superior izquierdo del rectángulo, intentando darle forma de triángulo, y doblamos hacia abajo y a la derecha (primer doblez) formando un triángulo.

Primer doblez:

Doblamos ahora hacia abajo con cuidado (segundo doblez).

Hacemos el tercer y último doblez hacia la izquierda y hacia abajo. Dejamos un margen de dos centímetros para cortar, y pintamos ese margen de masa con un poco de la mantequilla, y la pegamos bien para que al hornear no se salga el contenido del pastel.

Terminamos el último doblez y pegamos bien el borde que hemos dejado, de 2 cm.

Seguimos elaborando el número de pasteles que creamos conveniente, y de la forma que más nos gusten. Se pueden hacer rectángulos, círculos, en forma de canutillo, en forma de paquete…

Unos los rellenamos de la compota de manzana con canela, otros de la compota de peras cubierta con la cobertura de chocolate, otros  de chocolate y mermelada de naranja, de la crema de yogur con miel y arándanos o de lo que más os guste.

Una vez tengamos los pasteles cortados, los ponemos en una bandeja de horno cubierta con papel de hornear y los volvemos a pintar con mantequilla clarificada por la superficie. Los espolvoreamos de semillas de sésamo o almendras fileteadas y metemos a horno precalentado a 180º, durante 8 o 10 minutos hasta que estén dorados y crujientes.

Una vez hechos, es conveniente consumirlos lo antes posible porque al ser una masa tan fina, la humedad penetra con mucha facilidad en ella y se reblandecen.

Podéis utilizar rellenos salados: espinacas y queso, jamón dulce y bechamel, morcilla y queso brie…

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