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NEW YORK CHEESE CAKE AUTÉNTICO Y GENUINO

13 Feb

Siempre soñé que un día estaría en Manhattan…

Suena la eterna voz de Fran Sinatra cantando  New York, New York, y poso suavemente las manos en el teclado y…, ¡e voilá!, vuelo lejos, tan lejos como me lleva su música.

Aterrizo como Mary Poppins en el puente de Brooklyn, ¡buen sitio para pisar Nueva York por primera vez!.

El sol se va a poner y los rascacielos se llenan de luces como si fuesen gigantescos árboles de Navidad. Disfruto de este mágico momento mientras una suave lluvia de otoño se desliza sobre las barandillas grises. Es mi primera imagen de Manhattan y este esperado momento supera con creces mis expectativas.

Ahora ya sólo escucho a Michel Camilo y mientras me dirijo hacia la Gran Manzana, su alegría es la mía. Las vistas del río me dejan maravillada y tengo la sensación de que bajo mis pies hay un gran teclado y que a cada paso toco una nota dirigida por él, es el tema “At Night”. Ya no llueve y la tarde se ha envuelto en un pijama de tonos rojizos. Sólo unos metros más y estoy a punto de llegar al final que es mi principio.

La música me entona, es el aperitivo y ¡se me hace la boca agua! pensar en el banquete multicultural que me espera. El arte, la música, la arquitectura… Es el mestizaje, la mezcla de decenas de culturas que conviven en un único mundo. ¡Esto, queridos amigos es Nueva York!.

Justo al salir del puente, mi memoria evoca los primeros fotogramas de “Manhattan” y ¡por poco me coge un taxi amarillo!. Es todo tan…, en fin, tendré que llevar buen cuidado aquí con los abstracismos, ¡al menos cuando esté cruzando la calzada!.

Me envuelve una ligera bruma que va disminuyendo conforme dejo a mis espaldas el río. ¿Es sólo soñar despierta o mis torpes pies tocan de verdad suelo Neoyorquino?. Anocheciendo en el bajo Manhattan, un tranquilo día de otoño…,  solos: mi paraguas, un abrigo ligero y yo.

Estoy en el Distrito Financiero, junto al impresionante Edificio Federal rodeado de altos guardaespaldas que se elevan hasta el cielo. Doy un tímido saludo a George Washington y tras andar un poco, el edificio neoclásico de la bolsa me deja sin aliento, chicos ¡estoy en Wall Street!, ¿donde está Michael Douglas?, voy a ver si lo encuentro y nos tomamos una copa en uno de los bares de Jazz en Greenwich.

Algunos afirman que Wall Street debe su nombre al muro de defensa que construyeron los primeros holandeses que habitaron Manhattan, la que compraron a los indios por el precio de unos mocasines, ¡24 dólares!. Otros historiadores aseveran que aquí nunca hubo muro alguno. Y yo me pregunto si algún historiador afirmará o desmentirá algo sobre la vida de aquellos indios.

¡Manhattan!, ¿verdad que suena bien?. Los holandeses la bautizaron Nueva Amsterdam, pero con el tiempo pasó a tener su nombre primitivo; “Mannahatta” que es como la bautizaron en su día los indios que la poblaban, “isla de las colinas”.

En este entorno no puedo evitar recordar algunas escenas de la película Gangsters of New York (esta vez es Scorsese y un magistral Daniel Day Lewis encarnando a “Bill el carnicero”). ¿Imagináis aquella lejana época, mediados del XIX,  y las luchas de bandas?. ¡Pensar que una de las zonas más marginales de entonces se haya transformado en una impresionante mole Financiera, con sus Skylines, (se llama así al perfil que pintan desde lejos los rascacielos) sus hermosos edificios, sus brokers de película!…, ¡parece increíble!.

Tras unos minutos de “ensoñamiento”; los personajes, las balas y los cuchillos afilados se alejan envueltos en una nube de humo. Debo administrar bien mi tiempo porque dispongo de una sola noche para conocer esta gran ciudad, así que continúo mi camino sin perder un minuto.

Los altos edificios me observan callados, imponentes, pero no estoy sola. A pesar de haber caído ya la noche muchas oficinas de la bolsa están encendidas.

Se alternan las calles solitarias y tranquilas con otras llenas de ejecutivos que visten trajes de corte italiano. Unos irán a su casa en el Soho, Tribeca o en el Midtown y otros a perderse en la excitante noche Neoyorquina. Y yo aquí, en medio de todos ellos, rodeada de mil maravillas, dejo de ser Mary Poppins para convertirme en Alicia. Pues aunque no tengan los bigotes de un conejo, y sus relojes sean suizos y de pulsera, todos andan con un “llego tarde” escrito en sus caras. ¿Donde me toparé con el gato de cheshire y el sombrerero loco?. ¿Quizás en el Soho? ¿o tal vez tomando una pizza en Little Italy?.

Paso por delante del ayuntamiento con su hermosa fachada de estilo renacentista francés mientras Sting me susurra al oído “un inglés en New York”, pero se aleja tras cantar el primer estribillo (siempre me gustó más roxanne) y vuelve Camilo. No sé porqué su piano lleva ruedas y me acompaña en mi paseo. ¡ Menos mal que ahora atravieso calles solitarias!.

Hago una parada para “degustar despacio” otro de los entremeses; St. Paul’s Chapel, que es el templo más antiguo de Nueva York. ¡Lastima que esté cerrado!, espero al menos encontrar alguno abierto en Harlem y poder ver una misa de Gospel. Pero eso será más tarde porque antes pienso atravesar toda Manhattan de sur a Norte.

Me dirijo ahora hacia el Noroeste. El piano se desliza cuesta abajo alejándose de mí; intuyo las razones. Tras andar un buen rato escuchando sólo el sonido de mis pasos, llega en un murmullo ” Nimrod” de Elgar, quizás por el dolor que te golpea nada más ver La Zona Cero. Mirando a través de la verja mis ojos se empapan de la lluvia que resbala silenciosa y fría. Huele a tierra mojada, ese olor viejo que tranquiliza el espíritu y dulcifica la tristeza.

Está muy adelantado el proyecto de transformar la zona en un parque dedicado a la memoria de cuantos desaparecieron. La “Torre de la Libertad”será inaugurada en 2013 y con sus 541 m será el edificio más alto de N.Y. Su azotea estará situada a 417m, la altura de las desaparecidas Torres Gemelas.

La noche se ha puesto fría de repente pero debo seguir la ruta planeada. Buscando en mi bolsillo he encontrado una camiseta térmica y una bufanda. No recuerdo haberlas puesto ahí; esperad, también llevo un pequeño fajo de billetes americanos y algunas monedas. En fin, ¡supongo que todo forma parte de un sueño como Dios manda!. Me pongo la bufanda y me quedo mirando el cielo. Ha escampado y la luna brilla como si fuese el gran cañón de un antiguo teatro.

Al pensar en un fastuoso teatro, visitar más tarde Broadway me tienta como el chocolate, pero no puedo ceder. Claro que en mis sueños lo he hecho otras veces. He pisado sus magníficos teatros y  presenciado sus suntuosos estrenos. ¿Recordáis cuando vimos a Jack Lemon tocando el piano en una sala de cine mudo?. ¿Y que me decís de los musicales?. Recuerdo que tuve un hermoso sueño en el que veía entre bambalinas el musical dedicado a la vida de Ray Charles .

Ray con su triste y hermoso “unchain my heart” resuena en las esquinas, pero el ritmo soul-jazz cambia a un jazz más actual. La alegre musica parece venir hacia aquí levantando mi ánimo. Es el piano de nuevo y ¡viene como una bala! con “one more once”, y al sonido de las teclas se unen las trompetas y el saxo. No puedo evitar andar bailando ¡que marcha tiene este Camilo!.

Visitar Batery Park de noche es peligroso y tampoco se puede visitar la Estatua de la Libertad a estas horas, ¡otra vez será!.

Lo del tamaño es un clásico porque todos esperan que sea mayor. ¿Recordáis la escena final de “Sabotaje”?. Barry Kane atrapa a Frye, (el malo de la película) en la antorcha. Frye resbala y se agarra al brazo que le tiende Barry, mientras la chaqueta se va desgarrando lentamente  (Hichcock mantiene la tensión de una forma magistral durante unos segundos eternos). En ese fotograma se puede apreciar que el tamaño del dedo pulgar que sujeta la antorcha es mayor que Barry.

¡Me encanta la Estatua de la Libertad!. Me ocurría lo mismo con Paul Newman que era irresistible con su metro setenta de estatura. Y no digamos con “La Mona Lisa”…, después del impacto inicial que nos produce su pequeño tamaño, nos quedamos hipnotizados durante un buen rato para marcharnos dentro del bolsillo de “Da Vinci” para siempre.

Mientras el piano toca la banda sonora del “Golpe” y entretenida en pensar quien es más guapo; Redford o Newman, he llegado a mi siguiente destino: La Trinity Church, que va a ser mi última visita en el Distrito Financiero.

Vuelve a llover y el piano se ha quedado en silencio. En un pequeño claro de este bosque de rascacielos, se alza orgullosa la estrecha y alta iglesia. El acero y el cristal la envuelven, otorgando un toque de romanticismo y calidez a la construcción neogótica. En uno de sus laterales hay un pequeño cementerio con unos bancos que durante la semana suelen estar ocupados por ejecutivos ávidos de una ración de paz. Ahora están vacíos y yo aprovecho para darme un pequeño respiro. Hay una moderna escultura frente a mí; representa las raíces de un árbol rojo.

Es un homenaje al árbol que aguantó en pie el tremendo impacto de las explosiones, siendo después arrancadas sus raíces por la caída de los escombros. Esto salvó una capilla y el cementerio. Dicen que aquí en el pequeño camposanto algunas noches se oyen susurros …

Ahora solo se escucha el silencio, sólo quebrado por el repiqueteo de la lluvia contra el suelo. Ese silencio se va haciendo denso y decido seguir mi camino dejando los tristes pensamientos en aquel banco.

Busco una parada de bus que me deje cerca del Soho, pues aunque no esté demasiado lejos me espera una larga noche de caminata.

Con las teclas del piano sonando como olas que se estrellan tranquilas en una orilla, encuentro por fin el poste azul de la parada y agarro dos billetes de 1 dólar y los 25 peniques, porque el autobús acaba de aparecer como de la nada.

Me acomodo en un desgastado asiento junto a la ventanilla. A través de los cristales puedo ver como el piano sigue el mismo recorrido. Miro a mi alrededor alarmada pero los pocos viajeros que hay están entretenidos en sus asuntos. Algunos dormitan y yo intento en vano bajar el volumen a mis pensamientos.

Tras unos minutos llega el momento de bajarme en Canal St, el piano me espera a unos pasos del poste. Necesito reponer fuerzas antes de adentrarme en el  Soho, algo rápido pero nutritivo. Enseguida encuentro una pastelería que me seduce y pido un irresistible “New York Cheese Cake”. For here or to go?, me pregunta el pastelero; for to go please. (mi inglés es de andar por casa y en casa no hablo inglés)

Salgo a la calle degustando la deliciosa porción de cielo y el piano me regala con una versión de “Night and Day”, de la maravillosa Ella Fitzgeral. Y mientras me adentro en el corazón de hierro de este excitante barrio voy tarareando; noche y día, día y noche, sólo tú bajo la luna y bajo el sol, sí cerca de mí…, ¡ah, mi querida Nueva York!.

New York Cheese Cake


Ingredientes:

Para la base:

  • 300 gramos (1 y 1/2 taza) de migas de galletas oreo (las venden sueltas o desecháis la crema)
  • 185 gramos de mantequilla derretida (3/4 de taza)
  • 3 cucharadas de azúcar

Para el relleno:

  • 3 yemas de huevo
  • 3 claras a punto de nieve
  • 2 cucharadas de maicena
  • 1 taza de azúcar
  • 1 taza de crema de leche o nata
  • 500 gramos de queso philadelphia o similar (2 tarrinas)
  • la ralladura de 1 limón o una lima
  • 1 cucharadita de esencia de vainilla

Para la crema de baileys:

  • Un chupito de crema de whisky (1/8 de taza)
  • 100 gramos de azúcar (1/2 taza)
  • 50 ccl de lata líquida (1/4 de taza)

Preparación:

Derretimos la mantequilla en el microondas.

Si no tenemos las migas de galleta oreo trituradas, separamos todas las galletas del relleno y las limpiamos para quitar los restos. Pesamos los 300 gramos y metemos las galletas en la picadora hasta dejar unas migas finas. Otra opción es meterlas en una bolsa de plástico y machacarlas con un rodillo hasta que tengan la consistencia deseada.

Mezclamos las migas con las 3 cucharadas de azúcar y con la mantequilla, hasta tener una masa consistente.

Extendemos en la base de un molde desmontable de tamaño medio y horneamos de 5 a 8 minutos en el horno precalentado a 180º. Dejamos enfriar.

Mientras se enfría la base, deshacemos la maicena en una pizca de leche. Mezclamos el queso con las yemas, el azúcar, la maicena desleída, la ralladura de limón y una cucharadita de extracto de vainilla.

Batimos las claras a punto de nieve y las incorporamos a la mezcla anterior con movimientos envolventes.

Previamente untadas de mantequilla derretida las paredes del molde, vertemos la mezcla sobre la base horneada y le damos un par de golpecitos suaves a la base para que se asiente todo.

Metemos el molde en el horno esta vez a 170º, con calor arriba y abajo, durante unos 45 minutos, vigilando de vez en cuando que no se ponga demasiado dorada la parte superior y poniendo un papel de aluminio sobre ésta si fuera necesario.

En los últimos minutos, si metemos una brocheta en el centro, debe salir ligeramente cremosa, no limpia.

La tarta debe temblar ligeramente en el centro cuando la saquemos, así quedará melosa y tendrá la textura de una auténtica New York Cheese Cake.

Para desmoldar, una vez fría pasaremos un cuchillo grande mojado en agua caliente por todos los bordes, mojándolo unas cuantas veces.

En caso de tener un soplete de cocina, pasarlo por todo el perímetro exterior del molde y por último comprobar con un cuchillo mojado en agua caliente si se ha despegado bien.

Guardar en la nevera al menos por 3 o 4 horas y servir acompañada de tofee de bailey.

Para el tofee ponemos el azúcar en una sartén con unas gotas de agua, al mismo tiempo calentamos la nata con la crema de whisky.

Cuando el azúcar se ha convertido en un bonito caramelo rubio, incorporamos sin parar de remover la nata caliente con el whisky. Damos unas vueltas para que todo se integre, y cuando se enfríe lo ponemos en la nevera hasta el momento de servir. ¡Delicius!

Su delicioso sabor y la textura esponjosa y agradable al paladar, unido al crujiente de la galleta os transportará a una pequeña esquina de un barrio concurrido y alegre de los muchos que tiene Manhattan, os hará soñar…

TARTA HELADA AL WHISKY CON HILOS DE CARAMELO

3 Ago

Tarta helada al whisky

Ingredientes:

  • Dos discos de bizcocho para tartas
  • 3 huevos grandes XL o 4 grandes
  • 150 gramos de azúcar
  • 200 gramos de nata montada
  • 75 cl de whisky o un chorrito más, según el gusto
  • 3 hojas de gelatina
  • 25 gramos de azúcar glasé para montar la nata
  • Un molde desmontable redondo de tamaño medio

Para caramelizar la superficie:

  • 75 gramos de azúcar moreno y un soplete de cocina ó
  • 100 gramos de azúcar blanca para hacer un caramelo rubio

Para el almíbar:

  • 100 cl de agua
  • 100 gramos de azúcar
  • Un chupito de whisky

Para los hilos de caramelo:

  • 100 gramos de azúcar
  • 10 cl de agua (un dedo)
  • Un rodillo untado en aceite
  • Un tenedor

Elaboración:

Lo primero es hacer un almíbar a partes iguales de azúcar, agua y el chupito de whisky. Si queremos añadimos un chorrito de crema de whisky.

Hervimos un par de minutos removiendo para disolver el azúcar y lo bajamos otros 3 minutos a fuego mínimo. Dejamos que se entibie para después bañar el bizcocho.

Ponemos las 3 hojas de gelatina a remojar en un cuenco con agua fría que las cubra durante unos minutos.

Cortamos los dos discos de bizcocho a la medida del molde desmontable.

Separamos las claras de las yemas y las ponemos en dos cuencos.

Montamos la nata con 25 gramos de azúcar glasé y reservamos en la nevera. (Si queremos ahorrarnos trabajo se puede utilizar nata montada industrial o crema doble, ya que al llevar la gelatina el resultado es muy parecido)

Montamos las claras bien duras y reservamos en el frío también.

Echamos el whisky  en un cazo sin que llegue a hervir y apartamos. Disolvemos en él las 3 hojas de gelatina bien escurridas y dejamos que se temple.

Ponemos una olla con agua a calentar y cuando esté a punto de hervir la apartamos del calor.  Ponemos al baño de María un cuenco que no llegué a tocar el agua. Echamos las yemas y el azúcar y  batimos rápidamente (para que no se cuajen las yemas) hasta que blanqueen. Añadimos el whisky con la gelatina y seguimos batiendo rápidamente.

Le añadimos con movimientos envolventes la nata montada y cuando esté integrada ponemos las claras montadas, mezclando de abajo a arriba.

Engrasamos con mantequilla un molde mediano desmontable y le ponemos un primer disco de bizcocho apretándolo bien. Lo empapamos bien del almíbar de whisky y le añadimos la mitad de la crema.

Esperamos a que se solidifique en la nevera por unos 20 minutos y le colocamos el segundo disco de bizcocho apretando también y bañándolo en el almíbar restante.

Ponemos sobre el bizcocho la otra parte de crema de whisky. Si no tenéis soplete de cocina, hacéis un caramelo rubio con 100 gramos de azúcar blanca y lo ponéis sobre la crema de whisky. Metemos en el congelador por 3 horas.

Si vais a usar el soplete al sacar del congelador espolvoreáis toda la superficie con azúcar moreno y la quemais con el soplete hasta que esté bien dorada.

Volvemos a meterla en el congelador por unas horas hasta que tome consistencia y hacemos los hilos de caramelo que pondremos por encima en el momento de degustarla.

Para elaborar los hilos de caramelo es mejor contar con ayuda.

Necesitamos un rodillo que habremos untado con un poco de aceite.

Una vez esté listo el caramelo rubio, esperamos un minuto o un poco más hasta que al meter un tenedor y levantarlo, el caramelo haga hilos. (Os recomiendo que ensayéis con varios tenedores porque debéis usar uno limpio para hacer los hilos)

En ese momento los vamos poniendo sobre el rodillo sin bajar el tenedor y haciendo rodar para que quede como una pulsera.

Cuando no salgan más hilos volvemos a coger un poco más de caramelo estirando con cuidado y enredándolo de nuevo en el rodillo que debe hacer un movimiento en zig zag o dar vueltas para recoger todo el hilo.

Esta maniobra debe ser rápida porque el caramelo se endurece enseguida y ya no se puede manejar.

Una vez hechos los hilos, los retiramos por uno de los dos extremos del rodillo y reservamos en un plato.

Cuando la tarta esté bien consistente y fría, es decir al cabo de 6 o 7 horas, ya podemos sacarla para consumir y ponerle los hilos de caramelo en la parte superior.

Está deliciosa, aunque sea más blanquita que las tartas industriales, ésta tarta es… I M P R E S I O N A N T E.

Feliz cumpleaños cariño. Va por ti…

HOJALDRES DE NATA Y DULCE DE LECHE, MIENTRAS MOZART EL ALMA ENNOBLECE.

9 Jun

Como el maná que cayó del cielo. Como el agua de un oasis que hace crecer las palmeras en medio del desierto; la música de Mozart  alimenta mi alma.

Me ayuda a meditar y a asomarme al balcón de las ilusiones, que junto al de la realidad, tienen desgastadas las losas por igual. Porque es bueno sentirnos de vez en cuando “niños construyendo ilusiones” o imaginar que tocamos el cielo con la palma de la mano.

En forma de Sinfonía (“40 y 41, Júpiter”). De ópera, (especialmente: “Don Giovanni”  “La Flauta Mágica” y “Las Bodas de Fígaro”) o de conciertos para piano y orquesta. Disfrutando su exquisito “Quinteto para clarinete, K 581” o su traviesa y pícara “Pequeña Serenata Nocturna”.

Pero estas últimas semanas mi ánimo pide insistentemente su maravillosa “Misa de Réquiem”, y día tras día, me tomo el tiempo necesario para escucharla y sentirla en lo más profundo de mi corazón.

Escucho el Réquiem completo y después los motetes: “Ave Verum Corpus” y  “Exultate Jubilate”.

El sentimiento de dulce congoja que perdura tras el Réquiem, se suaviza con un “Ave Verum” esperanzador. Y concluye, con un “Exultate Jubilate” lleno de alegría y entusiasmo. El de un joven Mozart lleno de proyectos e ilusiones, que continuaron a lo largo de su corta pero intensa existencia. Pues si algo es cierto entre tantas leyendas, es que el genial músico conservó casi hasta el final de su vida un alma de adolescente pícaro y alegre, rebelde y soñador.

Tal vez por eso, su Réquiem sea tan impactante y nos llegue al corazón de una forma tan desgarradora. Porque el hombre optimista y alegre que coexistía con el gran artista, se marchitaba, a la par que su genialidad permanecía intacta, y quizás más sincera que nunca.

Al escucharlo el ánimo se debate; entre lo sobrecogedor de la muerte, y una intensa paz. Sentimientos antagónicos que se vienen repitiendo a lo largo de todo el Réquiem en una perfecta armonía.

El  “Dies irae”, ¡es tan hermoso como perturbador!:

Dies irae, Dies illa. Día de ira aquel día

Quantus tremor est futurus. Cuanto terror habrá en el futuro

Quando judex est venturus. Cuando venga el juez

Cuncta stricte discussurus. A exigirnos cuentas rigurosamente…

La parte vocal y la instrumental se unen en un todo indisoluble. La sensación de un Dios todopoderoso, dueño de nuestro destino, se hace cada vez mayor. Pero no, no es eso lo que te encoge el corazón: Es él, que te habla una vez más, para decirte como se siente.

La indecisión y angustia del corazón se expresa en un crescendo; y los murmullos y suspiros se dan por apagados primero con violines y con una flauta al unísono…

Sólo tienes que escuchar lo que te dice a través de su música:

No puedo escribir en verso, no soy poeta, no soy pintor, no soy danzarín…, pero puedo a través del sonido: ¡Yo soy músico!.

Cuanto más escucho el Réquiem, más me entristece pensar en sus últimos momentos. El esposo y padre, el amigo de sus amigos, ¡el hombre sensible e inteligente, que dominado por el pesimismo, llegó a estar convencido de estar escribiendo su propia misa de difuntos!.

¡Cuantas leyendas y fantasías han corrido a cerca de los últimos días de Mozart !

Desde Salieri, que tras la muerte de Mozart, fue víctima de un dañino rumor  que le acusaba de haberlo envenenado.

Viene a mi memoria la escena de la película “Amadeus”, en la que un anciano y decadente Salieri le confiesa al sacerdote: ¡yo he matado a Mozart!.

Cien años después de que la leyenda negra sobre el músico italiano permaneciera “dormida”, Milos Forman contribuye a despertarla y avivarla.

Shaffer vuelve a retratar al mismo Salieri mediocre y lleno de rencor que escribió para el teatro. A un Mozart histriónico y demasiado frívolo; vulgar y bobalicón. Un personaje misterioso cubierto de una máscara y una capa oscura tras la que se esconde Salieri, que en una “alegoría de la propia muerte”, realiza el encargo de la misa de difuntos. El “clímax” del músico italiano mientras escribe al dictado de un Mozart moribundo las primeras notas del “Confutatis”.

¿Mozart instigado por Salieri para completar su Réquiem?. ¿Esto lo escribió un Shaffer que afirmaba admirar y conocer profundamente su obra?. ¿Te resultaba más atractivo para una deslumbrante película cambiar a Süssmayr  por Salieri?.

Ante tanta inexactitud, una de los pocas verdades que ha reflejado sobre su personalidad parece llegar a mis oídos; su risa estridente y contagiosa.

Según Shaffer el guión no pretende reflejar la verdadera vida de Mozart, sino mostrar el “antediluviano” concepto del hombre enfrentado a Dios. Un hombre, Salieri, que se atreve a retar al mismísimo Dios, destruyendo a su mayor creación: Mozart.

A pesar del empeño de algunos en desprestigiarlo, Salieri fue un buen músico, que llegó a impartir clases, a Beethoven, Liszt o Schuber, entre otros… Tras la muerte de Mozart  fue profesor de uno de sus hijos, algo que su viuda no hubiese permitido si hubiese dado pábulo a la leyenda negra. (Mozart tuvo 6 hijos de los que sólo sobrevivieron dos varones: Karl Thomas y Franz Xaver que heredaron el talento musical de su padre, aunque sólo Franz se dedicó profesionalmente a la música) ( Salieri, junto a otros dos maestros, fue tutor del pequeño, quien llegó con el tiempo a ser un gran compositor)

Acusado por algunos de intentar “reventar” algunos estrenos operísticos de Mozart, como “Las Bodas de Fígaro”, demostró en no pocas ocasiones, que él admiraba profundamente su música: por ejemplo cuando fue nombrado “Kapellmeister” (Maestro de Capilla) de la corte de Viena. En la ceremonia de nombramiento, lejos de elegir una de sus propias óperas, decidió que se reestrenara “Las Bodas de Fígaro”, aún cuando no era del agrado del Emperador que consideraba la ópera demasiado frívola y cargada de ideas políticas ( por cierto, Mozart con motivo del estreno ya había cambiado el libreto, eliminando las partes con referencias políticas y suavizando su carga amorosa). O cuando Mozart estrenó su “Quinteto para Clarinete” en la Sociedad Vienesa de Compositores, siendo Salieri el presidente de la misma.

A pesar de compartir un amigo común, Haydn, la relación entre Salieri y Mozart fue estrictamente profesional. Algunas cartas del compositor Vienés reflejan una relación cordial entre ambos, lo que no implica que discreparan en sus ideas más de una vez, algo normal e incluso positivo entre músicos. Y si Salieri, sintió o no, el resquemor de la envidia, algo casi inevitable teniendo en cuenta la genialidad de Mozart, queda demostrado que no influyó en la admiración que sentía por su música.

¡Mas de 626 obras!, llenas de genialidad y de elegancia…, y entre ellas el motete cantata, “Exultate Jubilate”.

Fue durante su tercer viaje a Italia acompañado de su padre Leopold, con motivo del estreno de su ópera “Lucio silla”, cuando un joven Mozart de 16 años escribía el delicioso motete.

La pieza religiosa para una sola voz, es una alegre alabanza a la virgen, escrita para ser cantada por Venanzio Rauzzini. (uno de los “castrati” más famosos de la época, que también tenía un papel en la ópera), tiene un aire operístico más que a pieza religiosa. Un jovencísimo Mozart nos deja entrever que la ópera es su género preferido, y quizás con el que más disfrutó.

El “Exultate Jubilate” fue un éxito que perdura hasta nuestros días. En cuanto a la ópera “Lucio Silla”, fue representada en 26 ocasiones.., y cayó en el olvido.

¿Pensaría en el olvido el Mozart debilitado y enfermo?. ¿O a pesar del sufrimiento, tuvo momentos reconfortantes tras evocar sus éxitos ?. ¡Seguro que hubo momentos para revivir ese calor que había recibido por parte del público!. Sobre todo de los Praguenses.

¿Porqué Praga me acoge con los brazos abiertos y Viena no?.

“Meine Prager verstehen mich”, decía un emocionado Mozart a sus amigos: “Mis praguenses me comprenden”.

¿Porqué sus óperas triunfaban en Praga, y en Viena eran acogidas con frialdad, la mayoría de las veces?

Cuando Praga perdió la guerra, dejó de ser la capital de Bohemia y volvió a ser cristiana. La música religiosa se impuso de tal forma que una nueva ley exigía que los maestros de cada villa compusieran y representaran misas. Así surgió una nueva corriente de hombres cultivados en la música, tanto entre la burguesía como en el pueblo llano, que ajenos a los estereotipos musicales que imperaban en Viena o Alemania, gozaban de la capacidad de entender y valorar a músicos de la talla de Mozart.

Claro que a veces, las cosas no salían como esperaba…

En Julio, después de celebrar el nacimiento de su último hijo; le llamaron desde Praga para escribir la ópera: “La Clemencia de Tito”. Fue entonces cuando ese extraño hombre vestido con una casaca gris, que no quiso identificarse, le encargó la misa de Réquiem.

¿Quien es ese hombre? ¿Cuales son sus intenciones?. Pensaba un preocupado Mozart.


Continúa en la siguiente entrada…

Hojaldres de nata y dulce de leche

Ingredientes:

  • 2 placas de hojaldre fresco o congelado
  • 500 gramos de nata para montar
  • 200 gramos de azúcar glasé
  • 250 gramos de dulce de leche, crema pastelera o gotas de chocolate

Elaboración paso a paso:

Cortamos las placas de hojaldre en el tamaño y forma que deseemos. En este caso en rectángulos de dos tamaños, pero podemos utilizar vasos de distintos diámetros para cortarlos redondos, o hacer triángulos, etc.


Metemos en el horno precalentado a 180º, durante unos minutos, hasta que estén ligeramente dorados.

Reservamos unos pocos, y el resto los abrimos para poder rellenarlos

Montamos la nata, con 50 gramos de azúcar glasé y reservamos en el frigorífico.

Derretimos el chocolate en el microondas, según instrucciones del fabricante, y preparamos algún otro relleno, si las queremos hacer variadas: cabello de ángel o crema pastelera por ejemplo. (ya sabéis que tenéis la receta de crema pastelera clasificada por etiquetas, con la masa choux, o en masas dulces)

Para hacer una trufa sencilla, esperamos a que se enfríe y mezclamos en la proporción que más nos guste, más fuerte de chocolate o menos.

Llenamos una manga desechable con la nata o la trufa y procedemos a rellenar las placas de abajo.

Las cubrimos con la parte dorada, espolvoreamos con azúcar glasé y servimos.

En cuanto a las placas horneadas que hemos reservado, procedemos de la siguiente manera:

Pasamos el rodillo, con cuidado sobre la masa horneada.


Tiene que quedar así de plana:

Espolvoreamos con azúcar glasé y volvemos a hornear hasta que tengan un bonito color.

Los cortamos a lo ancho por la mitad y quedarán así:

Abrimos con cuidado y rellenamos de cabello de ángel, que le va muy bien, o de dulce de leche, como en este caso:

Económico; unos 4 euros todos estos hojaldres. Y además, sencillo a reventar.

Es ideal para los que nunca han hecho un postre, y si no os atrevéis con la nata, la podéis comprar montada o una mermelada de naranja con chocolate por ejemplo.  ¡vamos!, ¿que esperáis?. Un abrazo a todos.

TORRIJAS DE TRES FORMAS, EN SEMANA SANTA ES NORMA.

11 Abr

Hola a todos. En pleno proceso de agradable adaptación, con todos los enseres colocados y las cajas, por fin, ¡vacías!, aquí estoy sentada de nuevo frente a esta  pantalla, para plasmar en ella las recetas que con tanto agrado comparto con vosotros.

Llega Semana Santa, y el dulce por excelencia en estos primaverales días son las melosas y agradables torrijas. En algunas provincias se elaboran con leche que se perfuma con limón y canela en rama. En otras, la leche se infusiona con especias entre las que se encuentra el clavo de olor ( no me diréis que su nombre no evoca la Semana Santa). En el Sur se elaboran con vino dulce y después se bañan en miel caliente aligerada con agua.

A éstas últimas, en algunas regiones las llaman “Obispos”. Quizás por que son más oscuras, o tal vez su nombre viene de una leyenda que cuenta que un anciano Obispo no tenía apetito y a punto estuvo de morir de inanición. Su cocinera, tuvo la feliz ocurrencia de  tomar el vino de la iglesia y en el mojó el pan duro para freírlo después. Tal era el aroma que el señor obispo se sentó en la mesa y pidió ese dulce manjar cuyo olor le transportaba al cielo. Quizás sea más sencillo aún y su nombre se deba a que están para besar el anillo de quien las inventó…

Y es que, de una forma u otra, las torrijas son un dulce delicioso y casero, y si bien en su origen estaban destinadas a aprovechar las sobras de pan, (como otros postres; las sopas de leche, el puding, etc), con el paso del tiempo pasaron a ser un postre tradicional, sobre todo durante la Semana Santa.

¿Sabéis sobre que precio oscila una torrija actualmente?. En una pastelería cuesta de 1,50 a 3 euros, sin contar el café que te tomes para acompañarla.

El precio desciende considerablemente si las elaboras tú. Las de vino son las que más se encarecen por el precio de éste último y de la miel, pero siempre podemos jugar con la oferta del mercado, hay garrafas de vino dulce a precios bastante aceptables. Yo he comprado la miel en Mercadona a 4 euros el Kilo, y es de buena calidad. Pensad que una torrija de moscatel y miel, me ha costado unos 33 céntimos. ¿Os imaginais el gasto de una torrija de leche, si además está hecha con pan duro?. ¿15 o 20?.

Mis torrijas están elaboradas con tres sabores distintos, porque en casa son un “clásico” por estas fechas; las que les gustan a mis hijas (las de vainilla y las de canela y limón), y las de vino y miel, que nos encantan al resto.

En cuánto a los sabores, al ser una base de pan admite muchos ingredientes y formas de presentarlas; por ejemplo dos torrijas bañadas en leche y en medio una crema pastelera espesa, las pasamos por huevo batido y las freímos. Podemos infusionar la leche, con especias o licores, como ron, coñac, crema de whisky (éstas están deliciosas). Y acompañarlas con coulis de frutos rojos o mermeladas y compotas. Las de vainilla yo las he acompañado de toffee al whisky…

Que, ¿os apetece que empecemos a hacerlas?.

Vamos allá.

Torrijas de canela y limón, y torrijas de vainilla

ingredientes para  10 a 16 torrijas: (dependiendo del tamaño del pan)

  • 1 litro y medio de leche (6 vasos grandes)
  • La corteza de un limón ecológico o escaldada (hervida) unos segundos
  • 1 rama grande de canela
  • 1 vaina de vainilla fresca y aromática (las duras y secas no tienen apenas aroma)
  • 1 barra de pan de leña
  • 140 gramos de azúcar y un platito para rebozar o espolvorear (dependiendo del grado de dulzor deseado)
  • 4 o 5 huevos medianos
  • 1 litro de aceite de oliva

Para el toffee que las acompaña:

  • 6 cucharadas de azúcar
  • 250 gramos de nata líquida
  • Un chupito de whisky

Elaboración de las torrijas:

Ponemos la mitad de la leche en un cazo y le añadimos en frío la canela, la corteza de limón y la mitad del azúcar, es decir 70 gramos.

Cuando rompa a hervir bajamos el calor y lo tenemos unos minutos, hasta que se deshaga el azúcar en la leche. Apartamos y dejamos que se enfríe.

Con los otros 3 vasos de leche, repetimos la operación de echar el azúcar en frío y con un cuchillo, hacemos una incisión en la vaina de lado a lado, raspando para sacarle todas las semillas que contiene. Las echamos en la leche junto a la vaina, dejamos que el azúcar se deshaga y retiramos para dejar enfriar.

Cortamos el pan en rodajas, mas bien gorditas. Si es duro mucho mejor, si no lo es, es recomendable dejarlo la noche anterior en un lugar seco sobre la encimera. Podemos usar el pan de que dispongamos, yo he usado para estas torrijas pan de leña, y para las de vino, pan de molde especial para torrijas.

Después de dejar enfriar la leche perfumada con vainilla, y la “merengada”, las pasamos por un colador, batimos los huevos y tenemos ya el aceite preparado en una sartén de tamaño mediano, a una temperatura alta.

Ya sabéis que el secreto de un frito, sea cual sea la naturaleza de éste (pescaíto, croquetas, torrijas…), es usar un buen aceite de oliva, en la cantidad y temperaturas adecuadas. El aceite de oliva va a aguantar las altas temperaturas y  tardará más en perder sus propiedades.

La cantidad es la suficiente para cubrir las torrijas. Tienen que flotar en él, para así absorber el mínimo posible, lo que evitará que salgan aceitosas y poco apetecibles.

La temperatura del aceite ha de ser alta, debe humear ligeramente cuando incorporemos las torrijas, y para cocinarlas uniformemente, deben freírse en tandas de no más de dos, en una sartén mediana.

Una vez tenemos todo preparado, incluido el aceite a temperatura; procedemos a elaborarlas con la mayor rapidez posible:

Metemos las rodajas de pan en la leche, hasta que se empapen bien, pero sin que se deshagan. En este caso la leche con canela y limón.

O en la leche con vainilla, con el pan que he cortado en trozos más pequeños.

Después pasamos por el huevo batido, escurrimos bien, y las freímos hasta que estén doradas.

Las escurrimos sobre papel de cocina, quitando también la grasa de la parte de arriba.

Las ponemos en un plato bonito o bandeja y las adornamos al gusto.

Procedemos del mismo modo con las de canela y limón.

El toffee que acompaña a las de vainilla, que tienen dos tamaños, se hace de la siguiente manera:

Ponemos el azúcar en una sartén

La dejamos a fuego medio, sin tocar, hasta que adquiera un bonito color rubio, entonces le incorporamos la nata a punto de ebullición con el chupito de whisky. Removemos sin parar hasta que se integren todos los ingredientes, y apartamos hasta el momento de servir.

Las torrijas de canela y limón:

Las de vainilla pequeñas, las he adornado con trocitos de limón

Y si alguna se rompe por la mitad, no os preocupéis ¡suelen ser las más ricas porque están más jugosas aún!;. Para adornar una rota, he cogido una frambuesa de mi pequeño frambuesero y con el toffee…,  está diciendo ¡cómeme!

Vamos a elaborar ahora las torrijas de vino con miel.

Ingredientes para unas 8, 10 torrijas:


  • Medio litro de vino dulce
  • 8 rebanadas grandes de pan especial para torrijas
  • Medio kilo de miel rebajada con medio vaso de agua
  • 3 huevos medianos
  • Medio litro de aceite de oliva

Preparación:

Dejamos unas horas antes las rebanadas sobre la encimera, para que se endurezcan un poco. Preparamos el vino en un cuenco grande o un plato hondo. Batimos los huevos y ponemos el aceite a calentar.

En una olla de tamaño medio (que quepan dos rebanadas) ponemos la miel y el agua, y si queremos la corteza de un limón ecológico, y la llevamos a ebullición para bajar  después a fuego medio-alto.

No os extrañe que cuando tengáis la miel al fuego, os entre por la ventana de la cocina alguna abeja atraída por el olor. No es broma, a mí me ha ocurrido alguna vez.

Una vez esté caliente el aceite y la miel en el punto deseado, procedemos a elaborarlas como las anteriores, lo más rápido posible pero con organización:

Mojamos las rebanadas, de una en una, en el vino. Escurrimos bien y las metemos en el huevo batido.

Las freímos, de dos en dos, en el aceite caliente, las escurrimos bien en papel absorbente y las metemos un par de minutos en la miel caliente, no hirviendo a borbotones, pero a fuego alto. Las escurrimos y las vamos colocando en una fuente honda y de vez en cuando le ponemos unas cucharadas de la miel caliente para que se empapen bien.

Para servir, yo prefiero que las de vino estén a temperatura ambiente, recién hechas resultan indigestas. Las de canela y limón o las de vainilla las prefiero bien fresquitas, aunque a muchas personas le gusten calientes, que también están ricas.

Para las torrijas de vino he hecho una reducción de moscatel, que potencia aún más el sabor a vino dulce.

Estoy segura de que más de uno se va a animar a hacerlas enseguida. Que os aproveche a todos.

Un abrazo.

Las de vino quedaron así:

Esta es de vino con un poco de queso fresco y reducción de moscatel:

ALAJÚ ABRIGADO EN MASA BRIE Y UN ANGEL DE LARGOS CABELLOS

15 Feb

Despedirse siempre es triste, y más cuando dejas a personas que merecen la pena en la tierra que te ve partir. Nos marchamos de Sevilla en poco tiempo, pero no estaremos tan lejos como para no poder volver de vez en cuando.

Desde que hace 18 años, nuestros queridos amigos Lupe y José partieron a Argentina, me prometí pensar que casi nunca es un adiós definitivo y contundente; sino un,”volveremos a vernos”.

El haber vivido en diferentes ciudades siempre es una experiencia enriquecedora, que te abre la mente, y te nutre como persona. Estaba pensando ahora en mi hija mayor, que ha vivido en Francia, en Londres, ahora en Madrid…, y tiene amigos y amigas de todas partes; Mejicanos, americanos, colombianos, británicos, madrileños, gaditanos, franceses, sevillanos…,¡que maravilla!

Aún no ha llegado el día de nuestra despedida…, es sólo que me voy preparando estos días previos a nuestra marcha.

Mañana tenemos una comida de despedida con algunos de nuestros amigos, y pensando en hacer un postre que les guste, me he decidido por una antigua receta árabe, el alajú.

El alajú, como muchos postres árabes, lleva almendras y miel entre sus ingredientes, que una vez mezclados, suelen ponerse entre dos obleas. Yo las he sustituido por una masa brie, y le he añadido cabello de ángel, que no lleva la receta original.

Mientras hacía la receta, comparaba los ingredientes del alajú, con los de la amistad; La sencillez sin artificios del pan. La dulce bondad de la miel. La almendra que cruje con alegría. La masa brie tiene la sabiduría y la generosidad que ayudan a mantener la unidad. La naranja, que con su ácida sinceridad nos ayuda a equilibrar todo el conjunto; y el cabello de “ángel”, es lo que tienen las personas que nos agradan; su camaradería, su simpatía o su gracia.

Alajú suena a alegría  y fiesta con los amigos. No suena para nada a tristeza o melancolía. Y así debe ser una comida de despedida; alegre y distendida, festiva y cálida.


Alajú en masa brie


Ingredientes: El ingrediente principal es el cariño. Ese ingrediente siempre lo vamos a utilizar cuando hacemos una receta para nuestros seres queridos, entre los que se encuentran los amigos, al que añadimos:

  • 250 gramos de miel
  • 150 gramos de almendras enteras tostadas
  • 125 gramos de pan rallado
  • 30 gramos de almendra molida
  • Un bote casi entero de cabello de angel (de tamaño pequeño)
  • 1 lámina de masa brie, fresca o congelada
  • La ralladura de 1 naranja y 1/2 vaso de agua grande ó mermelada de naranja amarga, con la ralladura; diluidas ambas en 1/2 vaso de agua

Preparación:

Forramos un molde de 22 cm con la masa brie, la cubrimos de legumbres (que tenemos guardadas de otras recetas de brie) y pre-cocemos unos 20 minutos,(esta vez un poco más porque el relleno sólo va a estar 8 o 10 minutos en el horno) en el horno pre-calentado a la temperatura que indique el fabricante.

Ponemos la ralladura con el agua en un cazo y lo llevamos a ebullición un par de minutos. Colamos, si no queremos que lleve los trocitos (yo no lo he colado y he añadido además dos cucharadas de mermelada de naranja amarga) y dejamos que se entibie. Guardamos un poco para pintar el alajú cuando lo vayamos a hornear.

Mientras, ponemos en un cazo: la miel, el pan y las almendras ya tostadas, en una sartén o en el microondas; y removemos la mezcla. Le ponemos por último la naranja para que no pierda su aroma. Removemos unos minutos hasta que se empape bien el pan rallado, y mantenemos al mínimo en el fuego hasta el momento de ponerlo en el molde.

Extendemos el cabello de angel sobre la masa brie pre-cocida.

Sobre el cabello de ángel, extendemos lo más rápido posible el alajú, pues cuando se va enfriando se endurece y cuesta hacerlo.

Lo pintamos con el almíbar ligero ( resultado de mezclar la mermelada y el agua con las ralladuras) del que hemos reservado un poco, y horneamos 5 minutos, sólo con calor abajo. Y, 3 o 4 minutos con calor arriba y abajo. (si lo dejamos más tiempo corremos el riesgo de que se seque la masa)

Esperamos que se enfríe para cortar las porciones, que suelen ser más pequeñas que las normales porque es un postre contundente, aunque aquí algunos se van a comer doble ración porque son muy golosos. (no lo digo por ti Rafa, ni por ti Paco)

Está más rico aún, de un día para otro. Para que se conserve bien, lo cubrimos con papel de aluminio, y durará más de 1 semana sin ponerse seco.


Os aseguro que os va a sorprender su sabor, y si ya lo habéis comido antes, haced la prueba con la masa brie, y veréis que diferencia.

En cuanto a la comida ha sido distendida y deliciosa; buena comida y mejores personas= alegría

El cochinillo que preparó Jordi…, daba un poco de penita al verlo al principio pero, ¿que quereis que os diga?, estaba de escándalo.

TARTA SENCILLA DE SAN VALENTÍN CON CREMA DE CHOCOLATE BLANCO Y MANGO

12 Feb

Con un bizcocho de coco y  una cobertura sencilla, que en este caso lleva un poco de colorante, tendrás en un par de horas, una rica tarta de San Valentín.

Tarta de San Valentín

Ingredientes para el bizcocho:

  • 3 huevos
  • 150 gramos de azúcar
  • 120 gramos de harina
  • 50 gramos de coco rallado
  • 75 gramos de mantequilla derretida
  • 1 copa de ron oscuro
  • 15 gramos de levadura (prácticamente un sobre entero, porque el coco pesa mucho)

Preparación del bizcocho:

Preparamos los ingredientes, derretimos la mantequilla en el micro, y separamos las claras de las yemas, de dos de los huevos, reservando las claras.

Ponemos en un bol el huevo entero y las dos yemas y batimos bien, añadiendo el azúcar mientras seguimos batiendo.

Batimos bien el conjunto y le añadimos el ron, la harina tamizada con la levadura, y el coco rallado, removiendo todo con una espátula o unas varillas

Añadimos las 2 claras montadas a punto de nieve, mezclando con cuidado, de afuera hacia adentro; y por último añadimos la mantequilla derretida, con cuidado de que no se bajen las claras

Untamos un molde con forma de corazón con mantequilla y vertemos la mezcla en él. Metemos en el horno precalentado a 160º grados, durante aproximadamente 20, o 25 minutos, o hasta que esté dorado y al meter un palillo largo en el centro del bizcocho, éste salga limpio.

Mientras se cuece el bizcocho en el horno, preparamos el relleno de la tarta.

Ingredientes para la crema de mango:

  • 250 gramos de mango en almíbar (reservamos todo el almíbar)
  • Un vaso pequeño de zumo de mango
  • 4 cucharadas grandes de mermelada de naranja
  • 2 hojas de gelatina

Ingredientes para la crema de chocolate blanco:

  • 250 gramos de chocolate blanco, derretido al baño María
  • 3 cucharadas de crème fraìche (nata espesa o doble)

Preparación del relleno:

Trituramos el mango con una cucharada de su almíbar

Le añadimos la mermelada de naranja y mezclamos bien

Ponemos las dos hojas de gelatina en un bol con agua fría que las cubra, y el zumo de mango a calentar. Cuando las hojas lleven 10 o 15 minutos en remojo, las escurrimos bien y las añadimos al zumo a punto de ebullición. Removemos hasta que se disuelvan y apartamos del fuego. Una vez tibia la mezcla, la incorporamos al puré de mangos y mermelada de naranja, mezclamos bien y lo guardamos en la nevera.

Derretimos el chocolate blanco al baño María y le añadimos, una vez frío, la nata doble mezclando bien

Cuando esté cocido, sacamos el bizcocho y lo dejamos que se enfríe. Una vez frío lo cortamos en tres capas. Mientras calentamos el almíbar de los mangos, y vamos montando la tarta

Ponemos la primera capa del bizcocho en un plato grande y lo bañamos con tres cucharadas del almíbar de mangos, ya templado o frío

Lo cubrimos bien con la crema de chocolate blanco

Lo cubrimos con la segunda capa y lo volvemos a bañar con el almíbar

Lo cubrimos con la crema de mango y tapamos con la última capa, que es la tapa y al estar dorada, necesita que le practiquemos agujeritos con la punta de un cuchillo para recibir mejor el almíbar

Procedemos a hacer la glasa. (la glasa es un tipo de cobertura para pasteles o tartas que no lleva mantequilla, al tener una tarta con chocolate blanco, que ya es un poco contundente, he preferido esta glasa)

Ingredientes para la glasa:

  • 200 gramos de azúcar glas
  • La mitad del zumo de 1/2 naranja (aproximadamente 1 cucharada grande)
  • Una o dos cucharadas de agua hirviendo, o una poca mas si lo pide la glasa
  • 9 gotas de colorante rojo
  • 1 gota de colorante azul(si queremos un rosa más intenso ponemos otra de azul)

Preparación de la glasa:

Ponemos en un bol el azúcar glas tamizado

Añadimos el zumo de naranja y mezclamos bien con unas varillas (la mezcla debe ser espesa, y cuesta un poco)

Añadimos poco a poco, media cucharada de agua con el colorante disuelto, o directamente; como queramos (yo he puesto dos mezclas para que las veáis, una lleva una gota de azul, y la otra dos. Como veréis no cambia mucho el tono, pero si lo queréis más fuerte, se consigue poniendo más azul)

Mezclamos bien con las varillas

Ponemos una rejilla sobre la bandeja del horno limpia, y sobre ella el bizcocho, para que al caer la glasa podamos aprovechar el sobrante. Esta operación se hace con rapidez porque se seca enseguida.Vertemos con cuidado la glasa sobre toda la superficie del bizcocho y la dejamos que caiga por los lados sin tocarla. En cuanto la parte superior esté cubierta, repartimos el sobrante con cuidado por los laterales y todos los rincones del corazón de bizcocho

Adornamos a nuestro gusto y metemos en la nevera hasta el momento de servir. Yo he puesto dos posibles terminaciones: Una lleva hojas verdes por todo el borde inferior, y una flecha del mismo color entre los dos corazones rosas. Para hacer la otra terminación, he quitado la flecha y las hojas,y las he sustituido por unas bolitas plateadas de peladilla y confeti de azúcar en forma de corazones pequeñitos. Aunque para una ocasión como esta, creo que está más que permitido poner colores, (un poco… subidillos) a mí me gusta más la segunda, la más sencilla de las dos. Pero para gustos…, los colores. Nunca mejor dicho.

Esta me gusta más

Otra opción sería poner chocolate blanco derretido como cobertura, y quedaría más tupida, todo depende de lo golosos que seáis

Ah, olvidaba deciros que los adornos, han sido un “experimento”, con azúcar glas, vinagre blanco y 1 hoja de gelatina. Una vez mezclados los he teñido y he hecho las hojas y los corazones (un poco irregulares, pero no importa. Así se ve que los hemos hecho nosotros…). Si os queréis meter en estos menesteres, os llevará al menos media hora más y, pringaréis la encimera, vuestras manos …..

La experiencia ha sido divertida pero siempre se puede adornar con nata montada, o con confeti de color rosa o blanco, con figuritas hechas con pasta de almendra y glucosa…, imaginación al poder.

PASTELITOS DE ALMENDRA, BESOS DE CHOCOLATE

30 Ene

¿Que es la tristeza para vos?

Para mí, la tristeza es sentir un invierno frío en el alma.

Pensar que la hoja seca que cruje bajo mis pies, se convierte en polvo…, en nada.

Cuando estás triste, la pena acude presta a cada instante, para llenar los huecos que quedan libres en el alma.

Quieres estar sola, para no contagiar a nadie de la devastadora plaga.

Quieres que se aleje pero te abandonas a su suerte, porque estás cansada.

Pero siempre hay algo que te hace reaccionar, es como un bálsamo que va curando ese dolor pasajero.

Las risas de tus seres queridos.

Los recuerdos cálidos que se encuentran más cerca de tu corazón.

El calor de los verdaderos amigos.

Nadie como vos para describir la melancolía:

“de vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana, quiere avisarme que está ahí esperando”.

Y también la esperanza:

“creo que finalmente votaré
por la sabia orientación de las aves
por la benevolencia de la lluvia
y el sentido del humor de los delfines”

“en el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
hay una fuente luminosa, un surtidor
que alza convicciones de colores
y es lindo contemplarlas y seguirlas”

“más allá de los males y los bienes
tu mejor aventura cotidiana
es lidiar con la vida lisa y llana
que lograste y afinas y mantienes”

Mario Benedetti

Pastelillos de almendra

Ingredientes:

-150 gramos de harina floja
-150 gramos de almendras molidas
-150 gramos de azúcar extrafino (se puede moler en el molinillo)
-125 gramos de mantequilla
-1 cucharadita de esencia de vainilla
-2-3 cucharadas de agua

Para el relleno:

-100 gramos de chocolate negro picado
-100 gramos de chocolate blanco picado

Preparación:

Precalentamos el horno a 150º, forramos dos bandejas con papel de aluminio y las engrasamos con mantequilla. (También se puede utilizar papel de horno engrasado)
En un bol grande, mezclamos la harina, las almendras molidas y el azúcar. Luego añadimos mantequilla hasta formar una miga uniforme.

Agregamos la esencia de vainilla y agua suficiente para ligar los ingredientes, formando una pasta espesa. Amasamos la pasta ligeramente dos o tres minutos.

Empleando las palmas de las manos formamos bolitas del tamaño aproximado de una cereza(salen de 40 a 45 bolitas)

Una vez colocadas en la bandeja, las aplastamos suavemente (con una ligerísima presión porque sino saldrán demasiado planas al cocerse)

Las metemos en el centro del horno durante 15 o 20 minutos, hasta que se doren un poco y las dejamos enfriar sobre una rejilla.

Para el relleno derretimos los chocolates, por separado, al baño maría. Una vez disueltos, los dejamos que se atemperen un poco, y rellenamos las pastas.

Esperamos que se termine de enfriar bien el chocolate del relleno antes de comerlos.

Con todo mi cariño, hasta pronto.