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BIZCOCHO DE CHOCOLATE BLANCO Y NARANJA AMARGA ¡QUE FRASE TAN LARGA!

13 Oct

Todo el mundo conoce a ese gran pintor del Barroco español que fue Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Sin embargo, cuando nos referimos a Juan de Pareja, que figura en los libros de arte por ser un excelente pintor de la época, no relacionamos su vida con la del anterior.

La vida de los artistas de la pintura está preñada de historias y anécdotas, tan o más interesantes a veces, que el propio arte en sí.

Juan de Pareja fue un pintor del Barroco Andaluz. Era hijo de esclavos Moriscos y se desconoce si Velázquez lo compró como criado o fue parte de una herencia.

Su trabajo consistía en limpiar pinceles, moler colores o preparar cuadros en el estudio del gran artista. Y se inició en secreto en la pintura, copiando e imitando las obras de su amo. Lo acompañó a Roma y siguió haciendo progresos a escondidas de aquel.

De vuelta a Madrid descubrió su habilidad delante del rey Felipe IV. Al visitar éste un día el estudio de Velázquez.

La anécdota es divertida: después de observar durante un tiempo que el rey aprovechaba las ausencias de Velázquez para bajar a su taller, y dar la vuelta a los cuadros que el pintor solía dejar apoyados y girados contra la pared. En una de estas ausencias, Juan de Pareja pintó un cuadro y le dió la vuelta. Cuando el monarca reparó en él e intentó girarlo, Juan se arrojó a sus pies confesándose autor del cuadro y rogando al rey que intercediese para que su amo no le castigase, pues como esclavo no le estaba autorizado pintar.

A raíz de estos acontecimientos y por expreso deseo del monarca, Velázquez le concedió carta de libertad en 1.650, y de esta forma Juan de Pareja, pasó de ser su esclavo a ser su discípulo, llegando a imitarle con tal perfección, que sus obras se han confundido muchas veces con las del genial pintor.

Su retrato, uno de los más importantes de Velázquez, se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Hay una divertida anécdota protagonizada por Velázquez y situada a finales del Barroco español.

El Barroco con tendencia al tenebrismo, reflejaba el pesimismo reinante a finales del esplendoroso Barroco español, donde pintores como Valdés Leal aluden en sus “macabros” cuadros, “in ictu oculi” (en un abrir y cerrar de ojos) y “Finis gloriae mundi” (el fin de las glorias mundanas) al tema de la vanidad humana, y amonestan con una evidente raíz teológica y religiosa de la época, sobre la caducidad de los bienes temporales y la brevedad de la vida terrenal.

Contrastando con la dulce visión que ofrece su contemporáneo Murillo, los cuadros de Valdés Leal, que se hayan en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, (y  que desde aquí os animo visitar cuando tengáis la oportunidad) reflejan los horrores de aquellos años llenos de pesimismo y de un mayor fervor religioso, cuando aún resonaban los ecos de la devastadora epidemia de Peste que acabó con la mitad de la población de Sevilla.

La anécdota a la que me refería, está relacionada con el cuadro “Finis Gloriae Mundi”  de Valdés Leal. En una visita que Velázquez hizo al estudio de dicho pintor, al ver el cuadro, torció su gesto y comentó con su gracioso acento del sur:  ¡ Compare pa vé este cuadro hay que taparse las nariceh !

Del gran pintor Valdés Leal decir, que tras la muerte de Velázquez fue considerado el mayor pintor Sevillano de la época.

Tiene cuadros de una gran belleza en los que se refleja una gran imaginación y capacidad narrativa.

Como anécdota de sus pinturas, en el Museo del Prado hay cuatro cuadros que forman parte de una serie, de siete en total, que le fue encargada al autor por el Arzobispado de Sevilla. Dichas obras fueron sustraídas durante la Guerra de la Independencia y han estado en paradero desconocido, hasta que cinco de ellas reaparecieron en 1.960 en el Mercado de Arte de Nueva York. Y otras dos emergieron en una subasta celebrada en París en 1.981.

El Museo del Prado ha logrado adquirir cuatro de los cuadros de esta serie, que tratan sobre la vida de San Ambrosio, uno de los cuales es “El nombramiento de San Ambrosio” que aquí os muestro.

Bizcocho al coñác, con chocolate blanco y naranja amarga

Ingredientes:

  • 250 gramos de harina
  • 125 gramos de azúcar
  • 1/4 de vaso de coñác
  • 75 gramos de mantequilla
  • 3 huevos
  • 1 sobre de levadura royal
  • 200 gramos de chocolate blanco
  • 30 gramos de mantequilla para fundir con el chocolate

Preparación:

Preparamos todos los ingredientes, pesando y tamizando la harina.

Calentamos la mantequilla en el microondas 20 segundos, para ponerla a punto de pomada.

Batimos los huevos con el azúcar y vamos añadiendo poco a poco la harina tamizada con la levadura y la mantequilla. Seguimos batiendo con las varillas hasta tener una mezcla homogénea.

Poner en un molde de bizcocho, previamente engrasado con mantequilla y espolvoreado con harina, sacudiéndo el excedente. Yo he tenido para 4 moldes pequeños de magdalenas.

Meter al horno, previamente precalentado a 170-180º, hasta que esté dorada la superfície y al meter la punta de un cuchillo, ésta salga limpia. Las magdalenas se harán antes, motivo por el que las he metido en la parte de la bandeja del horno que está más cerca de la puerta.

Mientras se hornea el bizcocho calentamos a fuego moderado la mermelada, con un chorrito del coñac.

Derretimos el chocolate blanco con los 30 gramos de mantequilla al baño de maría con calor moderado y mantenemos templado hasta que saquemos el bizcocho, si se enfría se vuelve a endurecer y no podríamos manejarlo bien.

Cuando el bizcocho esté templado, napamos con la mermelada caliente la primera capa, y cubrimos con la segunda.

Pinchamos la capa superior del bizcocho por toda la superfície y añadimos el coñác. Cuando esté frío, napamos con la salsa de chocolate blanco y mantequilla, esperamos unos minutos a que solidifique y volvemos a poner otra capa de salsa.

Este bizcocho es muy tierno y al llevar la mermelada caliente, se empapa toda la masa del interior quedando jugoso y blandito por dentro y duro por  fuera, debido al glaseado del chocolate blanco. Es posible que al cortarlo se rompa un poco por lo meloso que queda en el interior pero es un signo de que la masa está bien aireada y jugosa.

Que aproveche…

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BIZCOCHO TIERNO DE CHOCOLATE, MIENTRAS DISFRUTAS DE UN AMARGO MATE

11 Oct

Según la leyenda de “Popol Vuh”, el libro de la génesis maya, la primera bebida del cacao era de origen divino. Fue elaborada durante la unión de Hun Hunahpu, con una virgen de Xibalbá. Los señores de Xibalbá, habían decapitado al infortunado Hunahpu y colgado se cabeza de un árbol seco.

Entonces milagrosamente el árbol dió frutos: mazorcas de cacao. La virgen habló a la cabeza del héroe, quien le escupió en la mano, lo que implicó su milagrosa fecundación. Posteriormente la bebida del cacao pasó a formar parte de los contactos preliminares del matrimonio.

Los niños mayas eran purificados en una ceremonia similar al bautismo de los cristianos. Con una rama que se mojaba en agua pura de una fuente mezclada con flores y cacao.

Los aztecas que nunca cultivaron el cacao, ya que siendo nómadas les costaba aclimatarse al frío de los altiplanos donde se daba el árbol del cacao, sí fueron sin embargo consumidores incondicionales de la bebida de chocolate que constituía un privilegio de casta.

Sólo los nobles y los guerreros, tenían derecho a gratificarse con frecuencia del delicioso brebaje calificado como “tlaquetzalli”, ( producto muy valioso ). El cacao, una mercancía entonces escasa, se transportaba hasta la capital de “Tenochtitlán”, la futura México, a hombros de personas a lo largo de centenares de kilómetros, desde los lejanos vergeles de Tabasco o de Soconusco.

A principios del siglo XVI, en la mesa de Moctezuma II, el último y el auténtico emperador del Imperio azteca. Tras concluir una abundante y variada comida, era habitual servir una calabaza previamente vaciada y seca, repleta de preparaciones a base de habas de cacao. Aromatizadas con vainilla, flores, semillas rojas de achiote y pimienta, a veces con miel o incluso setas alucinógenas. Como último refinamiento siempre se servía seguido de un puro cuidadosamente enrollado. De ese modo Hernán Cortés fue iniciado en la bebida ceremonial durante la conquista de México en 1.519.

El árbol del cacao es de tal belleza que a veces se cultiva también como árbol ornamental. Vive entre 40 y 100 años y cada año produce entre 10.000 y 20.000 minúsculas flores, blancas o rosadas, de las cuales sólo un 1% llega a fructificar.

Sobre su fino tronco y en las ramas principales crecen directamente unos frutos grandes y brillantes de color amarillo, verde, rojo o violeta. Se llaman mazorcas o maracas, debido a su forma alargada. Cada mazorca contiene unos cuarenta granos. Aparecen agrupados en una espiga, como los granos de maíz.

Desde siempre, el cacao ha sido un árbol delicado. Requiere un calor húmedo, entre 24 y 28ºC, y un mínimo de 1500 mm de lluvia distribuida de una forma regular a lo largo del año. Rechaza tanto los intensos vientos como el sol directo, que quema su follaje. En cambio para curiosidad, acepta tener las raíces en el agua, en cuyo caso el cacao se recolecta en piragua.

Los antiguos mayas y, más tarde, los españoles, que los imitaron, cultivavan los cacaos debajo de árboles más altos y resistentes, las madres del cacao. A menudo leguminosas que protegían a los cacaos bajo su copa y los alimentaban con el excedente de nitrógeno que desprendían. Esta forma de cultivo aún se practica, sobre todo en las plantaciones ecológicas.

Como curiosidad decir que el achiote, árbol pequeño cuyos frutos contienen unas semillas que constituyen un poderoso colorante, era añadido al cacao por los mayas y después por los aztecas, para dar al brebaje el color de la sangre, símbolo del alma y la vida. La mazorca que contiene las semillas del cacao se denomina corazón-sangre en náhuatl, la lengua de los aztecas.

Hoy día el achiote, con notas de tomate seco, se utiliza como especia en la cocina mexicana y antillana, sobre todo con el pescado.

Actuálmente ya no tiñe el chocolate, sino la corteza anaranjada de algunos quesos holandeses.

Bizcocho tierno de chocolate negro:

Ingredientes:

  • 180 gramos de chocolate negro, 60%  de cacao
  • 100 gramos de mantequilla
  • 75 gramos de azúcar en polvo
  • 15 gramos de harina de trigo
  • 5 huevos
  • 30 gramos de cacao en polvo

Preparación fácil:

1 Precalentamos el horno a 180º.

2 Fundimos el chocolate troceado junto a la mantequilla en el microondas, 100% de potencia durante 30 segundos.

3 Untamos un molde de bizcocho con mantequilla, lo espolvoreamos de harina y sacudimos el exceso.

4 Separamos las claras de las yemas y batimos las yemas con 30 gramos de azúcar sin hacer espuma.

5 Montamos las claras a punto de nieve con los 45 gramos de azúcar restante.

6 Mezclamos las yemas batidas con la el chocolate y la mantequilla derretidos e integrados. Por último incorporamos a la preparación anterior, las claras a punto de nieve con movimientos envolventes de arriba hacia abajo. Metemos al horno hasta que haga una costra dura en la superficie sin quemarse, y al meter la punta de un cuchillo salga limpia.

Podemos acompañar de helado de nata o vainilla, o avellana, también le va muy bien el de pistacho.

Yo lo voy a tomar con un rico mate.

“AT… CHOUX”, RICOS ESTORNUDOS RELLENOS DE CHOCOLATE

15 Sep

Todavía hace calor pero el otoño se acerca lentamente, y el aire cargado de fragancias a punto de sucumbir nos llena de recuerdos.

Al escuchar el Canon de Pachelbel,  imagino que las hojas van cayendo despacio, balanceándose en el aire sin prisas.

Aromas almizclados inundan el aire denso, mientras la “Sonata Claro de Luna” de Beethoven suena en la lejanía.

La naturaleza en reposo lejos de estar apagada y triste, descansa y recupera fuerzas para la próxima primavera. El silencio…, tan necesitado por nuestra alma, nos invita a la reflexión.

Cuando escucho a Tchaidovsky en la danza de los mirlitones de “el Cascanueces”,  veo a una mamá perdiz corriendo con sus pequeñas crías pegadas a sus patas y un jabalí que acude presuroso a esconderse en un matorral, mientras un búho enorme intenta conciliar el sueño en el hueco de un viejo castaño.

Con “Barcarola” de Offenbach, cierro los ojos conmovida y veo las aguas de un arroyo llenas de ramas quebradas que se dejan ir…, hasta que un día, un pequeño castor las convierta en su presa.

Llega “la tormenta” de la Sinfonía Pastoral de Beethoven, y todos los seres que habitan el bosque buscan refugio donde pueden.

Y cuando escampa, Boccherini los acompaña con su “Minueto del Quinteto para cuerda” mientras caen algunas gotas que perezosas, se han quedado cubriendo las desnudas ramas.

El melancólico otoño agitado por un viento que se lleva el cansancio y trae nubes de fuerza para afrontar un frío invierno, tras el cual, los árboles abrirán sus ramas para acoger la alegre primavera. Entonces sentiremos como se acerca una leve brisa llena de aromas frescos que hará sonar “La Flauta Mágica” de Mozart, mientras los ciervos se alimentan de los primeros brotes que surgen de la tierra milagrosamente, año tras año.

Bocaditos y buñuelos de masa choux al chocolate

Ingredientes:

  • 125 ml de agua
  • 125 ml de leche
  • 125 gramos de mantequilla o margarina
  • 110 gramos de harina
  • 30 gramos de cacao en polvo sin azúcar
  • 4 o 5 huevos ( o los que admita, según tamaño )
  • 2 gramos de sal ( un pellizco )
  • 6 gramos de azúcar ( tres pellizcos )
  • 5oo gramos de nata para montar
  • 150 gramos de azúcar en polvo para la nata montada
  • Azúcar para espolvorear

Preparación:

Tamizamos la harina y el cacao dos veces.

Precalentamos el horno a 170-180º. Ponemos a calentar el agua con la leche, la mantequilla, la sal y el azúcar. En el momento que rompa a hervir, echamos de golpe la harina y el cacao y removemos con fuerza con una cuchara de madera, hasta que se forme una masa espesa y compacta que se separa de las paredes de la cacerola.



Retiramos del fuego y dejamos que se entibie un poco y vamos añadiendo los huevos de uno en uno, no echamos el siguiente hasta que no esté perfectamente incorporado el anterior.  Ponemos en varias veces el último huevo, sin dejar de remover. Para saber si la masa está, hay varias formas, cogemos una pizca entre los dedos y si queda muy elástico, necesitaría un poco más de huevo, o bien pasamos el dedo haciendo surcos por la masa y si se cierra lentamente está lista. Otra forma es coger con la cuchara bastante masa y ver que no se corta al caer.

Ponemos 2/3 partes de la masa en una manga pastelera con boquilla lisa de 10 o 12 cm, y el 1/3 restante en otra manga o en un cuenco, y metemos en la nevera unos 20 o 30 minutos a reposar.

Pasado este tiempo, vamos poniendo montoncitos de la masa en una bandeja de horno cubierta de papel de hornear, los espolvoreamos con azúcar molida y cocemos a 180º de 15 a 20 minutos, según el tamaño de los bocaditos.

Mientras, montamos la nata con el azúcar y reservamos en la nevera.

Os preguntaréis porqué he reservado un tercio de la masa. Bueno, pues era para hacer buñuelos.

Ponemos una cacerola alta, bien de aceite, en este caso de girasol para no dar más sabor al chocolate, y vamos echando porciones con la manga o con una cuchara, con el aceite bien caliente. Se hacen muy rápido y  al ser la masa tan oscura no vemos cuando están dorados, así que los tenemos el tiempo justo de darles dos o tres vueltas y listo.

Quitamos el exceso de aceite con papel de cocina, y esperamos que se enfríen para rellenarlos de nata.

Los buñuelos se rellenan más fácilmente con manga que tenga boquilla alargada, no es necesario hacer agujeros porque la masa es muy tierna.

Quedarán así:

Por último, una vez fríos los bocaditos,  los cortamos por la mitad  en horizontal, o les hacemos un pequeño agujero en la base y rellenamos con la manga. Yo recomiendo cortarlos, porque queda más apetecible el contraste de colores de la nata y el chocolate.

Se puede utilizar toda la masa para el horno, o para freir en forma de buñuelos, pero aquí tenéis  dos de las formas en las que se puede emplear.

Buen provecho y… para la melancolía, un poquito de chocolate, pero no mucho porque, ¿os imagináis como sería nuestra vida si nunca experimentáramos estos sentimientos?. ¿Si después de la tristeza no vinieran los buenos recuerdos?. Sí,  está bien sentir un poco de melancolía pero…, solo de vez en cuando.